Los 70´s

Nacer en los setenta era muy distinto a cómo se nace ahora. Os voy a contar los partos de mi madre y lo diferentes que fueron entre ellos. Veréis las diferencias con respecto a cómo son en la actualidad. Mi hermana mayor y una servidora somos de la década de los setenta y mi hermano pequeño ya es de los ochenta.
El primer parto de mi madre fue, poco más o menos, una carnicería, una absoluta violación obstétrica y un horror. Pongámonos en situación:

Sylvia

Mujer primípara, de 24 años recién cumplidos, de constitución muy delgada y con barriga inmensa de embarazo a término, inocente hasta la médula, que quedó embarazada prácticamente tras casarse –muy típico de la generación de mis padres, que hasta que no pasaban por el altar, no se iniciaban en ir más allá de besos y caricias, los más osados-.
Llega con mi padre, de 27 años, a urgencias del hospital de la capital (más de 30 minutos en carretera –de las de antes-). Había roto la bolsa y empezaba a tener contracciones. A ella la hacen pasar a una sala. La hacen subir a una camilla donde la exploran, no le dicen gran cosa y le dicen que espere. A mi padre no le dejaron pasar. Se quedó fuera esperando sin saber nada de nada. Nadie salía a informar. Pasan los minutos y las horas. El dolor de las contracciones va en aumento. Sigue sola. Oye voces por allí y por allá, pero nadie se dirige a ella. Pregunta tímidamente a una enfermera que pasa por allí y le explica algo que no acaba de entender. Otro tacto doloroso. Le da un camisón para que se cambie y que espere. El dolor sigue subiendo. Oye alaridos de dolor de otras mujeres en otras salas. Tiene miedo. Está sola. Mi padre fuera esperando y esperando.

Así llegamos a la mañana siguiente, cuando mi madre, muerta de dolor, se pone a llorar a lágrima viva pidiendo ayuda. Entonces sí, parece que ya la van a atender. Claro, resulta que está lista para el paritorio, con dilatación completa. La llevan, sola, con miedo y adolorida. El parto tuvo de todo: episiotomía bestial no informada –de lo que se enteró tiempo después-, desgarro considerable, hematoma perineal enorme, fórceps, kristeller, maltrato verbal (“no grites”, “no llores”, “no te quejes”…) y dio a luz a mi hermana de poco más de 4 kilos y medio. En los primeros días sintió hasta rechazo por ella. Ni hablamos ya de dar el pecho: dolor, nada de apoyo y al final biberón. La estancia en el hospital la recuerda de pesadilla. Después de aquello se prometía que nunca más tendría hijos. Diría que pasó por una depresión postparto sin saberlo.

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Y entonces, os preguntaréis ¿cómo llegamos a este mundo mi hermano y una servidora? Pues porque resulta que en aquellos tiempos, si tenías dinero, podías irte a un hospital privado y tener lo que llamaban “un parto sin dolor”. Es decir, en el parto anestesiaban totalmente a la madre, sacaban al bebé y cuando la madre despertaba todo había pasado “sin dolor” (no se enteraban de nada del expulsivo).

Así nacimos nosotros: con mi madre anestesiada por completo. Con mi hermano comenzó el proceso de parto cuando rompió la bolsa en casa. Conmigo ingresó porque manchó estando ya más que cumplida (tenía prevista la inducció del parto –que me iban a sacar ya porque estaba “caducada” jjjj – para el día siguiente).
Así que ella ingresaba en el hospital, la dejaban que fuese dilatando y después la dormían y sacaban los niños como a churros. Ni me imagino la que le liarían para sacarme de allí dentro. Yo venía de nalgas, así que imaginad el tute que se llevaría mi madre en la barriga hasta que me dieron la vuelta y me sacaron con ventosa. A mi hermano, que sí estaba bien colocado, también le sacaron con ventosa. Lógicamente, estando mi madre dormida, eso de los pujos como que no era viable.

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Una vez que sacaban la placenta, iban despertando a la madre y la llevaban a la sala de recuperación de la anestesia y el bebé al nido. Triste. Muy triste.

No creo que esta sea una manera muy sana/adecuada/normal de tener un hijo, pero entiendo los motivos que tuvo mi madre para hacerlo así. Además, de mi nacimiento, le quedaron restos de placenta (por lo que imaginad qué desastre anunciado de lactancia) y acabó con un legrado de “regalo” días después. Con mi hermano también acabó la cosa con biberón (eso de separar a la madre y al recién nacido durante horas no ayuda en absoluto).

Después del parto, recuerda como una anécdota, que el ginecólogo le hizo vendarse fuerte la barriga, para poder lucir prontito figurín. Un despropósito. Aunque mi madre estuvo contenta con los resultados. Cuánto desconocimiento. Ufff… me dan escalofríos.
Los partos de mi madre me parecen de entre terror y ciencia ficción. No sé cómo tuvo tres hijos, la verdad. La única conclusión a la que llego es que es una mujer fuerte y mucho, que además no tuvo la opción de tener información “válida” (tuvo la que le daban en aquel entonces).

Me alegra que hoy en día, aunque sigue habiendo partos terriblemente tristes, la cosa ha mejorado muy notablemente. Ahora, por lo menos, tenemos información útil a la que acceder fácilmente. Tenemos derecho a decidir –en la medida de lo posible- y a exigir respeto.

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Me entristece tener que reconocer que en mi parto (el nacimiento de mi hijo, quiero decir) sí hubo violencia obstétrica y cierto tufillo/tufazo de maltrato verbal/emocional. Ojalá estas cosas dejasen de pasar. Ojalá que todas las mujeres que están embarazadas sepan lo que deben y pueden conseguir/consentir/exigir. Cada vez que leo/veo una historia donde la mamá es realmente consciente del funcionamiento del proceso de parto (no sólo a nivel fisiológico) y que lo vive plenamente, siento una mezcla de envidia (sana) y felicidad.

Ojalá todos los niños llegaran al mundo de una manera bella y fuesen recibidos por sus padres inmediatamente.

Ojalá.

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Violencia obstétrica

Desgraciadamente, desde que nacemos se nos meten ideas en la cabeza que son equivocadas pero que aceptamos como normales cuando no lo son. Vivimos aún en una sociedad machista y menos mal que las cosas han cambiado en los últimos tiempos. Sin embargo, hay mucho que mejorar.

Las niñas son bonitas.
Al pasar la barca me dijo el barquero “las niñas bonitas no pagan dinero”.-

Los niños son valientes.
Boys don’t cry – Los chicos no lloran.-

Así podríamos seguir en un suma y sigue infinito (niñas princesas, niños caballeros, niñas rosa, niños azul, niña frágil, niño fuerte…). niño-niñaAsí te plantas en una cierta edad, esperando la llegada de tu retoño y empiezas a detectar actitudes que huelen a chamusquina. Además de toooodas las que te has ido tragando a lo largo de tu vida (esos asco-piropos, tienes que estar guapa para no quedarte sola, cuídate o no te querrá nadie, haz caso a tu novio/marido, celos, los rumores sobre si esta o aquella es una guarra…).

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Imagen de “Moderna de pueblo”

Centrémonos, que me voy por las ramas. Continúo. Estás en la consulta del ginecólogo, o en el quirófano, o intentando amamantar a tu hijo, o “negociando” con una enfermera, o en urgencias, o pedir ver a tu hijo, o intentando que te den tus papeles y los de tu hijo…

Y te dicen:

– No, no se puede hacer nada. Es así y punto. Vete preparando.

– No llores que es peor.

– Lo que pasa es que no tienes leche.

– Me da igual que sea cesárea, tengo que rasurarte entera.

– Esto es así: o te relajas y termino rápido o te voy a acabar haciendo daño.

– Ahora lo ves. Tú tranquila. (Ese “ahora” fueron 21 horas).

– Aquí no es, mujer (mirada de “¿chica, eres tonta?”). ¿Pero quién te ha dicho que vengas aquí? Tú te has liado y es allí. (Vas allí y te dicen lo mismo).
Todo esto agarrándote la barriga llena de grapas a cada paso porque te duele hasta respirar y las lágrimas asomando.miercoles-mudo-semana-mundial-del-parto-respe-l-pqp_hk1Todo esto lo he vivido en mi propio pellejo. Es violencia obstétrica y que levante la mano quien no haya vivido algo similar. No tenemos bastante con vivir en una sociedad machista, por lo que se ve.

Habrá quien piense que es normal, que exagero. Sé que no es así. En todas esas ocasiones callé por idiota, por desconocimiento, por abatimiento, por quedarme sin tiempo de reacción.
Ay! Si me llega a pasar eso ahora, otro gallo cantaría. Soy una mujer adulta y tomo decisiones, me informo, sé lo que quiero y lo que no. No tienen que tratarme como si fuese un infraser retrasado. Hasta el moño (o el coño mismamente) de tragar estas situaciones.

Cuántas veces he escuchado, sobre todo a las mamás en los parques, asumir que, a pesar de que les hayan hecho daño (físico o psicológico), todo está bien porque viene de un médico/sanitario/autoridad. Como si tuvieran derecho a ningunearnos o tratarnos como si fuésemos idiotas. Más de una se enteró después de dar a luz de que le hiceron una maniobra de Hamilton o una Kristeller.
Os animo a que no os dejéis engañar, a que os informéis y que lo que pase en vuestra vida, en la medida de lo posible, sea por elección vuestra.

Os dejo unos vídeos. Uno en plan parodia.

Y otro más serio. Aviso a futuras madres que puede haceros llorar fácilmente, por si preferís no verlo. Es duro y a mí aún me escuece verlo.

Aclaro que ante cualquier emergencia, desde luego que la decisión que tome un médico/matrona/sanitario es vital. Pero que nos traten con respeto, pidan consentimiento y nos mantengan informadas en todo momento.

Intentar pasar página

Después del parto, pasados los primeros meses, aún seguía con dudas sobre muchas cosas que pasaron en el hospital. Me daba la impresión de que no sabía todo lo que debía saber. No me preguntéis por qué. Era una sensación. Animada por unas amigas y buscando información en la web de EPEN, me decidí a pedir el historial médico del nacimiento de mi hijo. Estuve dudando si hacerlo o no porque sólo de pensar que pichón hubiese pasado por algo y yo no lo hubiese podido evitar/cambiar, me iba a sentir muy triste y culpable (aunque sé que no debo sentir culpa).

El proceso es sencillo y os animo a todas a que lo hagáis si sentís que hay algo que no os quedó claro. Tardé un año en mandar aquella carta al hospital exigiendo mi historial. En el momento de entregar la carta en correos, estaba nerviosa. Ni os cuento cuando recibí una llamada del hospital en pocos días (3 ó 4). Se me secó la boca. Me temblaba el pulso. La llamada era para decirme que podía pasarme a recoger los papeles, que fuese con el d.n.i. y me daban toda la documentación.

Al día siguiente estaba en el mostrador con dos carpetones llenos de folios impresos. Firmé un papel donde ponía que me llevaba una copia de los historiales de mi hijo y mío, miraron mi d.n.i y me fui de allí con el corazón acelerado. Sí. Encontré cosas que nunca me habían contado. Estaba todo detallado. Tanto mío como del niño.

Para empezar vi su puntuación en el test de APGAR, del que nunca nos informaron. Un 6 (minuto 1), 9 (minuto 5),10 (minuto 10). Necesitó reanimación tipo III (cuando el recién nacido no es capaz de respirar bien sin la ayuda de la mascarilla, necesita un tubo por el que meter aire en sus pulmones). También tuvieron que usar un aparato llamado “neopuff”. Tenía un considerable distrés respiratorio. Papá sí le vio respirar “a saltos” cuando entró a verle al nido, y eso que cuando le dejaron ver al niño, ya había mejorado tanto el aspecto como la respiración aunque tenía “quejidos”. La descripción de mi hijo cuando nació es terrible.

historial

Pasó la noche solo en una incubadora. Llorando. Le estuvieron dando biberón cada dos horas. Le hicieron un lavado gástrico. Para colmo pone que estaba “irritable” y que no durmió ni dos horas seguidas. En los vídeos que grababa papá, estando pichón en la incubadora, se le ve respirar mal. No puedo verlos porque se me rompe el alma. Escribiendo esto se me pone hasta mal cuerpo. Pensar en la mierda de recibimiento que tuvo, en la manera tan violenta en que le hicieron nacer, en el estrés que pasaría aquella larga noche… Y yo en la habitación de al lado, totalmente ignorante, con mi instinto robado, agilipollada perdida…

Lo que daría por volver atrás y haberme arrastrado a su lado, o haber exigido que me lo trajeran, o haber exigido que dejaran que papá le cogiera en brazos para hacer el piel con piel.

Encima me decían que estaba bien. Vamos a ver, no estaba grave, no era nada del otro mundo -a miles de niños les pasa lo mismo o peor-, pero bien, bien no estaba. Pichón tuvo estridores durante bastante tiempo (un mes o así). Cada vez que comía hacía unos ruidos considerables. De esto no nos dijeron nada (todo estaba bien según ellos). Es algo que nos explicó su pediatra después, porque le preguntamos. Nos extrañaba que hiciese esos ruidos.

En el hospital nos mintieron. No nos informaron bien. No nos dijeron si había hecho meconio, ni cuántos biberones le metieron o con qué frecuencia, o con qué cantidad de leche de fórmula, si lloraba mucho o poco… NADA. Sólo decían que estaba bien.

Me siento engañada y furiosa por lo mal que lo pasó mi pichón. En su momento debí presentar una queja. Pero ya había pasado un año. Sólo necesitaba saber qué había pasado, aunque doliese. Definitivamente, no va a ser fácil perdonarme. Sólo espero que la manera que hemos elegido para crecer juntos pueda sanar las heridas y sienta que puedo reparar tanto daño.

Por favor, que no os separen.

Odisea en el hospital

Estuvimos 5 días ingresados en el hospital. Al pichón le detectaron ictericia y había que dejarle en pañal para que le diera la claridad, que no luz directa, en el cuerpo. Sólo le vestíamos para dormir. Para que se le pasara lo mejor era que comiera mucho (mucha hidratación), hiciera mucho pis y caca. Le iban controlando como dos veces al día con un aparatito tipo termómetro digital que le pasaban por el pecho.

Pero primero le sacaron sangre para una analítica y le hicieron la prueba del talón en el mismo día. Pudimos estar delante cuando se lo hicieron en el nido. Mi pobre pichón lloraba a pleno pulmón. La enfermera le dio a beber un líquido en una jeringuilla y se calmó un poco. Nos comentó que era suero glucosado, que cuando llorase que se lo diésemos. Nosotros, como no sabíamos lo que era, pues ni chistamos. En resumidas cuentas, le estaba dando agua con azúcar. Flipad, sí alucinad con el método para que se calmara. Días después, al preguntar en la farmacia nos dijeron que eso es una barbaridad.Así vas aprendiendo cosas. A base de encontrarte ineptos por el camino y aprender que están equivocados.

Me quitaron la sonda al día siguiente de haber parido. Las medias de compresión creo recordar que también, por la mañana. Ese día no me pude mover ni un pelo. Con sólo toser era la muerte. No os cuento estornudar (soy alérgica), o reír… era un dolor insoportable. No me ayudaron a asearme. No me cambiaron las sábanas. Sólo podía cambiar el empapador que llevaba debajo del culo. Pero esto lo hacía coordinándome con papá o con la abuela. Yo levanto el culo a la de tres. Tú tiras. Ahora coloca. Grititos. Maldiciones. Un show. No sé para qué cojo…s estaban las enfermeras.

Cuando me quitaron la sonda vi las estrellas y hasta pegué un grito. Hijadesumadre. También me quitaron la vía. Aleluya. Me la quitaron porque se me empezó a poner el brazo con un moretón enorme y duro. Resultado: tromboflebitis. Según la matrona no me habían puesto muy bien la vía. Tuve que ponerme trombocid durante una semana para que aquello remitiese.

A todo eso, yo sin lavarme. Con la compresa pillada entre las piernas, a lo salvaje, sin bragas ni nada. Un asco. Un sufrimiento. No me quité el pijama del hospital hasta pasados dos días, ¡dos!. Eso fue cuando vino la matrona a verme, la de las clases, y me ayudó a levantarme para ir al baño. Entonces descubrimos que tenía un esparadrapo en la parte baja de la espalda. Sería del pinchazo de la anestesia (?). Con razón me picaba tanto ahí. Se me irritó la zona y tenía un recuadro rojo y lleno de granitos. Perfecto. La duchita que me dio me supo a gloria bendita. No podía con mi alma y me dejé lavar cual coche en el autolavado. El pelo no me lo pude lavar hasta llegar a casa. Levantar los brazos también me dolía. Llevaba 18 grapas bien hermosas que me hacían sentir Frankenstein.

Imaginad cuando venía visita. Me sentía fatal. Menos mal que no vino mucha gente, sólo familia muy cercana. Además estaban un rato, no demasiado. El rollo era cuando se ponían a hacer fotos. Esto va por mi suegro, lo siento papá pero tu padre es un pesado con el móvil. Le dije que NO me hiciera fotos, por favor.

Ponerme de pie dolía mucho. Parecía que se me fuese a descolgar el estómago. Dar un paso era horroroso. Llegar al baño, a paso de tortuga, arrastrando los pies, ni os cuento. Me insistían en que me moviera cuanto antes o me entrarían muchos gases. Hice lo que pude. Gases tuve, pero nada doloroso. Incomodo sí. Estaba a dieta blanda para que ir al baño no fuese una “experiencia religiosa”. Menos mal que ahí no tuve problemas. Era incómodo pero poco más.

De la leche ni rastro. Sí que tenía calostro pero nada de leche. El calostro lo vi porque la matrona me retorció de mala manera el pecho y salían gotitas amarillentas. Una noche, ante la desesperación, le dimos biberón. Lloraba, le costaba engancharse. Pedía ayuda, pero las enfermeras eran para darles de comer aparte. Era duro. Las noches eran matadoras. Lloraba y lloraba y cuando conseguía pillar el pecho, tras muuuucho insistir e intentarlo una y otra vez, chupaba un poco y se quedaba frito. Había que despertarle y lloraba, se soltaba… Vuelta a empezar. En fin, eso da para contaros aparte.

Juntos y revueltos

Al día siguiente, después del almuerzo, dijeron que le traerían a la habitación. Nos pudimos encontrar pasadas 21 horas desde que le nacieron. Entró la enfermera con él dentro de la cunita transparente (muy fea) típica de hospital. Por la mañana le bañaron, papá estuvo viéndolo y le llevó la ropita para que le vistieran por primera vez. Ahí estaba, tan cerca, y yo ansiosa por verle, tocarle, sentirle… Papá le cogió y me lo puso entre los brazos. Qué sensación tan extraña. Me miraba con los ojos muy abiertos y yo no dejaba de decirle cosas. Pesaba poquito y estaba ahí, emitiendo gruñiditos de bebé. Movía los dedos de las manos. Tan pequeño. Tan blandito. Tan calentito como un bollito de pan recién hecho. Fue muy emocionante.

Debo admitir que no sentí ese “flechazo-hormonal”, ese instinto primitivo de “mamá leona con su cachorro”. Gran culpa de esto la tiene el tiempo que estuvimos separados. Me da envidia cuando otras mamás me cuentan que en su parto pudieron coger a sus niños, recién salidos de su vientre. Cuentan que el olor era especial, que el flechazo es absoluto y mágico. Tristemente no sentí eso. Sí que me emocioné y lloré, pero no con ese instinto amoroso. Más bien fue un alivio enorme. Felicidad de otro estilo. Y asombro por no saber cómo es posible que aquel niño hubiese estado dentro de mí.

Tenerle en brazos me molestaba en la herida. Así que para empezar a darle el pecho fue estando yo tumbada y él a mi lado. Nos dijo la enfermera que “cogía muy bien los biberones” y que se engancharía bien al pecho. Me “encanta” ese criterio para valorar el enganche, sí señora. Tuvimos que intentar varias veces que se cogiera. Finalmente lo consiguió. Ahí se podría pasar la vida. Se quedaba dormido y había que soplarle en la cabecita o darle golpecitos en los pies para que siguiera succionando. Para que soltara el pecho, la matrona me dijo que le diera con los dedos debajo de su boca, en el cuello (¿cómo se llama esa parte del cuerpo? ¿mandíbula por abajo en el centro?).

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Papá hizo el piel con piel con él. Y yo, cada vez que le daba el pecho, era descubierta y con él encima, sólo en pañal. Casi piel con piel. Por fin estábamos los tres juntos.

La cruda realidad

Allá iba yo, en mi camilla, feliz por salir de aquel agujero. Nerviosa por ver a mi niño. Cuando se abrió la puerta del ascensor apareció mi suegro y me dijo que el niño era muy bonito. Y ¡zas! Me zampó la pantalla de su móvil en mi cara con una foto que le había hecho. Mmm… gracias… sí, gracias (ironía “on”). Así fue cómo vi a mi hijo por primera vez. Me entraron ganas de llorar fuerte. Creo, porque no me acuerdo, que lloré un poco pero por vergüenza me aguanté. En la habitación estaban mis padres, mis suegros, mi cuñada y el recién estrenado papá.

¿Dónde está mi hijo? ¿holaaaa?

Allí no estaba mi pichón. Resulta que estaba en el nido. Justo a una habitación de distancia. Pared con pared. Explicación: “Le cuesta adaptarse”. No sabéis el agobio que da salir del quirófano, estar dos horas sola, sin saber nada, llegar a la habitación, que no esté el hijo que te acaban de “arrancar” de las entrañas y que esté tu familia mirándote con cara de condescendencia como si fueras un insecto.

“Le cuesta adaptarse”… O lo que viene siendo que tenía problemas respiratorios. Es algo muy común en bebés nacidos por cesárea. Eso lo supe con el tiempo porque allí nadie explicaba nada. Era muy frustrante porque te decían que estaba bien pero mejor que estuviese en el nido. ¿Pero si está bien por qué no me lo llevaban? Entonces te soltaban lo de “le cuesta adaptarse” y te hablaban como si una fuese tonta (en plan “qué vas a saber tú, lo que yo digo va a misa”).

Nos decían que no era nada, que esa noche mejor la iba a pasar en el nido y así yo descansaba. La familia se fue y allí nos quedamos. Con los brazos vacíos sin él.

La versión de cómo lo vivió papá es más inquietante. Cuando subieron al niño al nido vieron cómo le llevaban corriendo. Como yo era la única que acababa de dar a luz en el hospital sabían con certeza que ese bebé era mi pichón. Papá fue detrás a toda prisa pero le cerraron la puerta del nido en la cara, con cerrojo. Según le dijeron después era para que no molestaran entrando todos a la vez (¡pero si iba él sólo!). Tardaron en abrir y dejarle pasar. Nada de piel con piel. Nuestro niño estaba en una cuna tipo incubadora con calor. Respiraba a saltos y no tenía muy buen color de piel.

Creo que estaba un poco en “shock” y no supe reaccionar. Me dolía la herida. Estaba muerta de hambre, molesta con la sonda, no me encontraba a gusto con mi barriga “blandiblú”… Papá iba y venía del nido. Le hacía fotos y le grababa en vídeos. Así le iba viendo. Esa noche no dormimos casi nada. A mí me daban paracetamol para el dolor cada cuatro horas por la vía (no me la habían quitado aún. Las medias de compresión también las llevaba esa noche). Papá iba y venía. Una enfermera me dijo que, si acaso, por la mañana podrían traerme una silla de ruedas para ir a verle. ¿Holaaa? ¿Estás diciendo que me levante y me siente en una silla cuando no hace ni 24 horas que me han rajado de lado a lado? ¿Estás tonta o qué? Si sólo con bascular el cuerpo estando sentada me dolía hasta el último pelo del cuerpo.

Pero lo peor no es el dolor físico, es la “pena/culpa/enfado” que tengo por no haber hecho más por estar junto a mi pichón. Cuando leo artículos sobre cómo afecta la separación en el nacimiento de un bebé y su mamá, me entran flojera y muchas ganas de llorar. Me va a costar perdonarme por todo lo que pasó. Sé que no fue culpa mía, pero sí siento que pude haber hecho algo más.

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Para más información de por qué es tan importante no separarse del bebé, pinchad aquí

I´m not here

Me llevaron en la camilla a la sala de recuperación donde había otros pacientes. Las camillas estaban separadas por cortinas. Como seguía muerta de frío, a pesar de que me taparon con un edredón gordo, me pusieron un tubo que iba por debajo y del que salía aire caliente. Ni con esas se me iba el frío del cuerpo. Vino la matrona a traerme mis gafas que había guardado durante la intervención. A una cesárea, como a cualquier intervención quirúrgica, no se puede ir ni con gafas, ni lentillas, ni uñas pintadas, ni obviamente pendientes/piercings. Le pregunté por el niño y me dijo que estaba bien, arriba. De ahí yo interpreté que estaría bien, haciendo piel con piel con su padre.

Había que esperar a que se me empezara a pasar el efecto de la anestesia para que me subieran a la habitación. Intentaba mover los dedos de los pies y era imposible. Poco a poco empecé a ir sintiendo el culo, a poder sentir cuando intentaba mover los muslos y, finalmente, pude mover un dedo gordo. Yujuuuu!! Eso me llevó unas dos horas. Estar allí era un agobio. Por lo menos podía mirar por una ventana que había al fondo. Veía coches pasando por una carretera e intentaba visualizarme dentro de uno de esos coches, huyendo con mi niño de allí.

A eso de las nueve y media más o menos decidieron subirme a planta. ¡Por fin iba a ver a mi pichón!

(Esta canción era lo que sonaba en mi mente mientras esperaba)

Parto

Llegados al quirófano me senté en la camilla donde me abrirían cual huevo Kinder. La matrona me puso un manguito para la tensión que me apretó tanto que se me puso el brazo morado y se me durmió. Le dije que tenía el brazo muerto y me dijo, así de buen rollo y entre risas, que se había pasado un pelín. Empezamos bien. Vino el anestesista. Se presentó. Es del único que me acuerdo y el único que me trató con tacto en el parto. Majo él. Para que veáis lo importante que es el trato a una persona: de la matrona no recuerdo ni su nombre ni cómo era físicamente. A este hombre me lo cruzo por la calle y podría reconocerlo. Recuerdo hasta su nombre.

Sentada y apoyada en la matrona, con la cabeza agachada, el anestesista me iba avisando de lo que iba a hacer. Noté que me tocaba entre las vértebras y después un pinchazo molesto, pero no doloroso. Creo, porque no lo sé ciertamente, que no me puso catéter. No me pusieron epidural. Fue anestesia raquídea. El efecto fue inmediato. Me ayudaron a tumbarme (porque estaba llena de cables: la vía, unos sensores de esos que van con pegatinas que me pusieron por el pecho para el latido, imagino…). Diría que en menos de un minuto no sentía absolutamente nada de cintura para abajo. Una sensación muy desagradable. Me taparon el campo de visión con una sábana verde. Me pusieron los brazos abiertos y atados en los reposabrazos. Me sondaron y no noté nada. Lo sé porque me lo iban diciendo.

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Entonces llegó el ginecólogo. Junto a mí estaba el anestesista que me pidió que si notaba cualquier cosa rara que le dijera. Me avisó que podría notar que me movían “por dentro”, pero nada de dolor. No escuchaba bien lo que hablaban al otro lado de la sábana. Allí estaban el ginecólogo, la matrona y enfermeras (no recuerdo cuántas). Se oía ruido (sería del bisturí eléctrico) y que hablaban entre ellos bajito. Me entró muchísimo frío. Cuando entré al quirófano serían las siete menos algo. A las siete y cinco minutos nacieron a mi hijo. No se oía llanto. Creo que me dijo el anestesista algo así como “ya está aquí”. Pero no escuchaba nada. No me decían nada. Pasado un buen rato se escuchó un llanto a lo lejos. Pregunté si era él y me dijo que sí. Entonces me emocioné y me puse a llorar. Acto seguido, se asomó el ginecólogo y me dijo. “¡No llores!” (en plan “¿eres tonta, niñata?”). Me quedé un poco a cuadros. No esperaba que me hablara así. El anestesista me dijo que me estaban empezando a coser y que el niño estaba allí al lado, que estaba bien, que era muy grande (lo típico para que no te agobies). Pasado un buen rato y viendo que no me lo traían, volví a preguntar por el niño. Entonces me dijeron que le estaba costando adaptarse, pero que estaba bien, y que se lo llevaban al nido. Tonta de mí creí que me lo asomarían para verle antes.

Me empezó a entrar mucho más frío y me temblaba el cuerpo. No podía controlarlo. Me castañeteaban los dientes. Algo me pondrían en el suero y se me fue pasando. También me puso una mascarilla con oxígeno (imagino). Hasta que terminó de coserme pasó como media hora larga. Recuerdo que miraba un reloj que había en la pared y no pasaba el tiempo. 7.21… 7.23… 7.27… Horroroso. Seguía esperando a que me trajeran al niño. Pero ese momento no llegó.

A eso de las ocho menos veinte, por fin, terminó de cerrar la herida. 18 grapas y yo vacía.

Preparados, listos, ¡ya!

Teníamos fecha y hora para ingresar. Todo lo teníamos organizado. El factor sorpresa se había eliminado. El día anterior fui al hospital a hacerme un electrocardiograma, a rellenar un cuestionario para el anestesista y a responder algunas preguntas a un médico. Pedí por teléfono la autorización para la intervención. Me la mandaron por e-mail en el acto. Imprimí el chorro de folios donde se especificaba todo y a la carpeta de los papeles. Todo listo.

El bolso para el hospital lo tenía más que hecho y pensado. Muchas cosas llevaba para lo poco que pude usar. Creo que suele ocurrir. Al ser hospital privado, tenías que llevar la ropa del niño y tu pijama. Allí te podían proporcionar pijamas y ropa para el bebé, pero preferí llevarlos de casa. Otras cosas que llevaba eran unos discos de lactancia (que tenía de una canastilla que conseguí), neceser con cosas de higiene (gel, champú, cepillo de dientes, peine…), arrullos/mantitas para el pichón, un par de muselinas, bragas desechables, compresas de maternidad, zapatillas… Lo típico.

Al llegar fuimos al mostrador de admisión donde me pusieron una pulserita (como la de los festivales pero sin glamour). Nos dieron una habitación que estaba justo al lado del nido de recién nacidos. La habitación era para nosotros solos. Tenía mi cama y un sofá cama. En el armario teníamos sábanas y almohadas para vestir el sofá por la noche para que se quedaran papá o la abuela. Vino la matrona (de la que ya os hablé). Era una chica joven, quizá hasta más que yo, con un buen rollo que ya cansaba. Me puso las correas para monitorizar las contracciones. Era la primera vez que me las ponían. En el monitor se veían reflejadas de vez en cuando algunas contracciones. Yo no notaba absolutamente nada. Todo estaba en orden.

Le di el plan de parto: el triste papel con cinco puntos. Le faltó reirse en nuestra cara.

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Después vinieron unas enfermeras o auxiliares y me pusieron una vía. Otra me ayudó a ponerme unas medias de compresión que molestaban muchísimo. Para guinda del pastel se dispuso a rasurarme. Le pregunté que para qué si me iban a hacer una cesárea. Me dijo que tenía que hacerlo sí o sí. Por más borde que me puse y le dije que no estaba de acuerdo, me dijo que era eso lo que había. Como estaba sola con ella y apabullada me callé. Debí haber hecho llamar a la matrona. Pero, volvemos a lo mismo: estaba nerviosa, no tuve tiempo de reacción y al final accedí. Sólo le deseé durante mucho tiempo a aquella pava que le picara mil veces más el potorro de lo que me picó/dolió/molestó a mí cuando el pelo empezó a crecer de nuevo.

Cuando ingresé, a eso del medio día, iba en ayunas por tratarse de una cirugía mayor. Nada de comer ni de beber. Nos avisaron de que en cuanto se quedara el quirófano vacío, entraría yo. Supuestamente sería a las 5 de la tarde. Para esa hora ya habían llegado los cuatro abuelos. Agobiante. Si por mí hubiese sido, hubiese preferido que no viniese nadie. Pero entiendo que no se puede ser tan “revenida”. A las 6.30 de la tarde vino un celador a por mí. Estaba algo nerviosa. Más ansiosa de ganas de pasar por aquello que nerviosa. Y con mucha hambre/sed en el cuerpo. Me despedí de todos y allá que me llevó al “matadero”. El chico me preguntó por el nombre que le pondríamos y le gustó (a ver, no me iba a decir lo contrario en esas circunstancias, jeje).

Llegué a una sala donde estaba la matrona, enfermeras y el ginecólogo. Me sorprendió verlo como “sudado”, “despeluchado”, con la bata/pijama y el gorro de colorines. Acostumbrada a verle arreglado y formal en consulta, se me hizo raro. Llevaba ya unas cuantas cesáreas en el día. La mía era la última.

Antes de entrar a quirófano volvieron a mirar si estaba aún del revés. Primero la matrona me tocó la tripa y dijo que seguías igual. Acto seguido me hicieron una ecografía rápida para confirmarlo. Me trajeron unos papeles (del consentimiento de la anestesia) que, siendo sincera, no leí (como para ponerte a leer en esas condiciones). Los firmé y hala, todos al quirófano.

Cesárea programada

En aquel momento estábamos un poco en shock. Primeriza y medio asustada, medio emocionada… Te “dejas hacer” porque un médico sabe más que tú, obviamente. Te hablan como si fueras una ignorante de la vida y te convencen. El parto me daba mucho miedo pero me podían las ganas de tener a mi hijo en mis brazos, por fin, sano y feliz.

La fecha fue a elección del ginecólogo y sus preferencias. Coincidía que era verano, así que cuadraría a su antojo el día y a su absoluta conveniencia. De hecho, cuando nació mi hijo, fue el cuarto que nació allí por cesárea en el día (había otras programadas y una fue de urgencias).

Así que el ginecólogo decidió nacer a mi hijo en la semana 38 y 5 días. Porque sí. Porque le vendría bien ese día en el que estaría a tope sacando niños como churros y llenándose el bolsillo. Si miráis por internet podréis ver que el coste de una cesárea ronda los 3.000 euros (y de ahí para arriba). No sé cuánto ganará un médico por una intervención de este tipo, pero hacer 3 ó 4 en un día seguro que le supone, como poco, unas buenas perras. Entiendo que son médicos y no dependientes de una tienda (con todo el respeto a estos porque aguantar al público y horarios de caca tiene lo suyo), que han estudiado una carrera, se han especializado, han currado mucho hasta llegar donde están y salvan vidas. De acuerdo, pero lo de manipular nacimientos y tratar el tema como si fuese algo “mecánico”, no lo veo. No lo entiendo.

Esta imagen sacada de aquí nos da unas pistas…

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Ahora, con el tiempo, no puedo evitar sentirme mal por no haber intentado otra opción, otra forma más respetuosa con mi hijo para que naciera. Aclaro que estoy totalmente a favor de que se practiquen cesáreas, si es necesario. Hay ocasiones en las que no queda otra o es la mejor opción, como en mi caso. Pero ¿y si hubiese podido esperar a que tuviera pródromos de parto y, una vez que nuestros cuerpos empezaran el proceso, hacer la cesárea, por ejemplo? O podríamos haber “discutido” la fecha. Una fecha más cercana a la f.p.p. para darle el máximo tiempo posible para su desarrollo. Una fecha consensuada entre el médico y los padres.

No me duele que me rajaran para sacarle. Hubiese aceptado todos los dolores del mundo por verle llegar. Me duelen otras cosas como pensar en lo mal que lo pasaría él. ¿Cómo se sentiría? Ya no sólo por invadir su espacio y sacarle de donde debería estar hasta que “la vida” decidiera su día para conocer este mundo salvaje, sino por el tiempo que pasó sólo, sin entender qué narices pasaba. Cuesta aceptar que lo pasara mal. Más cuesta perdonarme por haber dejado hacer, por no protestar, buscar opciones e información.

Tengo que pasar página y sentir que hice lo que pensé que era lo adecuado. Es algo que tengo aún pendiente.