I´m not here

Me llevaron en la camilla a la sala de recuperación donde había otros pacientes. Las camillas estaban separadas por cortinas. Como seguía muerta de frío, a pesar de que me taparon con un edredón gordo, me pusieron un tubo que iba por debajo y del que salía aire caliente. Ni con esas se me iba el frío del cuerpo. Vino la matrona a traerme mis gafas que había guardado durante la intervención. A una cesárea, como a cualquier intervención quirúrgica, no se puede ir ni con gafas, ni lentillas, ni uñas pintadas, ni obviamente pendientes/piercings. Le pregunté por el niño y me dijo que estaba bien, arriba. De ahí yo interpreté que estaría bien, haciendo piel con piel con su padre.

Había que esperar a que se me empezara a pasar el efecto de la anestesia para que me subieran a la habitación. Intentaba mover los dedos de los pies y era imposible. Poco a poco empecé a ir sintiendo el culo, a poder sentir cuando intentaba mover los muslos y, finalmente, pude mover un dedo gordo. Yujuuuu!! Eso me llevó unas dos horas. Estar allí era un agobio. Por lo menos podía mirar por una ventana que había al fondo. Veía coches pasando por una carretera e intentaba visualizarme dentro de uno de esos coches, huyendo con mi niño de allí.

A eso de las nueve y media más o menos decidieron subirme a planta. ¡Por fin iba a ver a mi pichón!

(Esta canción era lo que sonaba en mi mente mientras esperaba)

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Parto

Llegados al quirófano me senté en la camilla donde me abrirían cual huevo Kinder. La matrona me puso un manguito para la tensión que me apretó tanto que se me puso el brazo morado y se me durmió. Le dije que tenía el brazo muerto y me dijo, así de buen rollo y entre risas, que se había pasado un pelín. Empezamos bien. Vino el anestesista. Se presentó. Es del único que me acuerdo y el único que me trató con tacto en el parto. Majo él. Para que veáis lo importante que es el trato a una persona: de la matrona no recuerdo ni su nombre ni cómo era físicamente. A este hombre me lo cruzo por la calle y podría reconocerlo. Recuerdo hasta su nombre.

Sentada y apoyada en la matrona, con la cabeza agachada, el anestesista me iba avisando de lo que iba a hacer. Noté que me tocaba entre las vértebras y después un pinchazo molesto, pero no doloroso. Creo, porque no lo sé ciertamente, que no me puso catéter. No me pusieron epidural. Fue anestesia raquídea. El efecto fue inmediato. Me ayudaron a tumbarme (porque estaba llena de cables: la vía, unos sensores de esos que van con pegatinas que me pusieron por el pecho para el latido, imagino…). Diría que en menos de un minuto no sentía absolutamente nada de cintura para abajo. Una sensación muy desagradable. Me taparon el campo de visión con una sábana verde. Me pusieron los brazos abiertos y atados en los reposabrazos. Me sondaron y no noté nada. Lo sé porque me lo iban diciendo.

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Entonces llegó el ginecólogo. Junto a mí estaba el anestesista que me pidió que si notaba cualquier cosa rara que le dijera. Me avisó que podría notar que me movían “por dentro”, pero nada de dolor. No escuchaba bien lo que hablaban al otro lado de la sábana. Allí estaban el ginecólogo, la matrona y enfermeras (no recuerdo cuántas). Se oía ruido (sería del bisturí eléctrico) y que hablaban entre ellos bajito. Me entró muchísimo frío. Cuando entré al quirófano serían las siete menos algo. A las siete y cinco minutos nacieron a mi hijo. No se oía llanto. Creo que me dijo el anestesista algo así como “ya está aquí”. Pero no escuchaba nada. No me decían nada. Pasado un buen rato se escuchó un llanto a lo lejos. Pregunté si era él y me dijo que sí. Entonces me emocioné y me puse a llorar. Acto seguido, se asomó el ginecólogo y me dijo. “¡No llores!” (en plan “¿eres tonta, niñata?”). Me quedé un poco a cuadros. No esperaba que me hablara así. El anestesista me dijo que me estaban empezando a coser y que el niño estaba allí al lado, que estaba bien, que era muy grande (lo típico para que no te agobies). Pasado un buen rato y viendo que no me lo traían, volví a preguntar por el niño. Entonces me dijeron que le estaba costando adaptarse, pero que estaba bien, y que se lo llevaban al nido. Tonta de mí creí que me lo asomarían para verle antes.

Me empezó a entrar mucho más frío y me temblaba el cuerpo. No podía controlarlo. Me castañeteaban los dientes. Algo me pondrían en el suero y se me fue pasando. También me puso una mascarilla con oxígeno (imagino). Hasta que terminó de coserme pasó como media hora larga. Recuerdo que miraba un reloj que había en la pared y no pasaba el tiempo. 7.21… 7.23… 7.27… Horroroso. Seguía esperando a que me trajeran al niño. Pero ese momento no llegó.

A eso de las ocho menos veinte, por fin, terminó de cerrar la herida. 18 grapas y yo vacía.

Preparados, listos, ¡ya!

Teníamos fecha y hora para ingresar. Todo lo teníamos organizado. El factor sorpresa se había eliminado. El día anterior fui al hospital a hacerme un electrocardiograma, a rellenar un cuestionario para el anestesista y a responder algunas preguntas a un médico. Pedí por teléfono la autorización para la intervención. Me la mandaron por e-mail en el acto. Imprimí el chorro de folios donde se especificaba todo y a la carpeta de los papeles. Todo listo.

El bolso para el hospital lo tenía más que hecho y pensado. Muchas cosas llevaba para lo poco que pude usar. Creo que suele ocurrir. Al ser hospital privado, tenías que llevar la ropa del niño y tu pijama. Allí te podían proporcionar pijamas y ropa para el bebé, pero preferí llevarlos de casa. Otras cosas que llevaba eran unos discos de lactancia (que tenía de una canastilla que conseguí), neceser con cosas de higiene (gel, champú, cepillo de dientes, peine…), arrullos/mantitas para el pichón, un par de muselinas, bragas desechables, compresas de maternidad, zapatillas… Lo típico.

Al llegar fuimos al mostrador de admisión donde me pusieron una pulserita (como la de los festivales pero sin glamour). Nos dieron una habitación que estaba justo al lado del nido de recién nacidos. La habitación era para nosotros solos. Tenía mi cama y un sofá cama. En el armario teníamos sábanas y almohadas para vestir el sofá por la noche para que se quedaran papá o la abuela. Vino la matrona (de la que ya os hablé). Era una chica joven, quizá hasta más que yo, con un buen rollo que ya cansaba. Me puso las correas para monitorizar las contracciones. Era la primera vez que me las ponían. En el monitor se veían reflejadas de vez en cuando algunas contracciones. Yo no notaba absolutamente nada. Todo estaba en orden.

Le di el plan de parto: el triste papel con cinco puntos. Le faltó reirse en nuestra cara.

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Después vinieron unas enfermeras o auxiliares y me pusieron una vía. Otra me ayudó a ponerme unas medias de compresión que molestaban muchísimo. Para guinda del pastel se dispuso a rasurarme. Le pregunté que para qué si me iban a hacer una cesárea. Me dijo que tenía que hacerlo sí o sí. Por más borde que me puse y le dije que no estaba de acuerdo, me dijo que era eso lo que había. Como estaba sola con ella y apabullada me callé. Debí haber hecho llamar a la matrona. Pero, volvemos a lo mismo: estaba nerviosa, no tuve tiempo de reacción y al final accedí. Sólo le deseé durante mucho tiempo a aquella pava que le picara mil veces más el potorro de lo que me picó/dolió/molestó a mí cuando el pelo empezó a crecer de nuevo.

Cuando ingresé, a eso del medio día, iba en ayunas por tratarse de una cirugía mayor. Nada de comer ni de beber. Nos avisaron de que en cuanto se quedara el quirófano vacío, entraría yo. Supuestamente sería a las 5 de la tarde. Para esa hora ya habían llegado los cuatro abuelos. Agobiante. Si por mí hubiese sido, hubiese preferido que no viniese nadie. Pero entiendo que no se puede ser tan “revenida”. A las 6.30 de la tarde vino un celador a por mí. Estaba algo nerviosa. Más ansiosa de ganas de pasar por aquello que nerviosa. Y con mucha hambre/sed en el cuerpo. Me despedí de todos y allá que me llevó al “matadero”. El chico me preguntó por el nombre que le pondríamos y le gustó (a ver, no me iba a decir lo contrario en esas circunstancias, jeje).

Llegué a una sala donde estaba la matrona, enfermeras y el ginecólogo. Me sorprendió verlo como “sudado”, “despeluchado”, con la bata/pijama y el gorro de colorines. Acostumbrada a verle arreglado y formal en consulta, se me hizo raro. Llevaba ya unas cuantas cesáreas en el día. La mía era la última.

Antes de entrar a quirófano volvieron a mirar si estaba aún del revés. Primero la matrona me tocó la tripa y dijo que seguías igual. Acto seguido me hicieron una ecografía rápida para confirmarlo. Me trajeron unos papeles (del consentimiento de la anestesia) que, siendo sincera, no leí (como para ponerte a leer en esas condiciones). Los firmé y hala, todos al quirófano.

Cesárea programada

En aquel momento estábamos un poco en shock. Primeriza y medio asustada, medio emocionada… Te “dejas hacer” porque un médico sabe más que tú, obviamente. Te hablan como si fueras una ignorante de la vida y te convencen. El parto me daba mucho miedo pero me podían las ganas de tener a mi hijo en mis brazos, por fin, sano y feliz.

La fecha fue a elección del ginecólogo y sus preferencias. Coincidía que era verano, así que cuadraría a su antojo el día y a su absoluta conveniencia. De hecho, cuando nació mi hijo, fue el cuarto que nació allí por cesárea en el día (había otras programadas y una fue de urgencias).

Así que el ginecólogo decidió nacer a mi hijo en la semana 38 y 5 días. Porque sí. Porque le vendría bien ese día en el que estaría a tope sacando niños como churros y llenándose el bolsillo. Si miráis por internet podréis ver que el coste de una cesárea ronda los 3.000 euros (y de ahí para arriba). No sé cuánto ganará un médico por una intervención de este tipo, pero hacer 3 ó 4 en un día seguro que le supone, como poco, unas buenas perras. Entiendo que son médicos y no dependientes de una tienda (con todo el respeto a estos porque aguantar al público y horarios de caca tiene lo suyo), que han estudiado una carrera, se han especializado, han currado mucho hasta llegar donde están y salvan vidas. De acuerdo, pero lo de manipular nacimientos y tratar el tema como si fuese algo “mecánico”, no lo veo. No lo entiendo.

Esta imagen sacada de aquí nos da unas pistas…

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Ahora, con el tiempo, no puedo evitar sentirme mal por no haber intentado otra opción, otra forma más respetuosa con mi hijo para que naciera. Aclaro que estoy totalmente a favor de que se practiquen cesáreas, si es necesario. Hay ocasiones en las que no queda otra o es la mejor opción, como en mi caso. Pero ¿y si hubiese podido esperar a que tuviera pródromos de parto y, una vez que nuestros cuerpos empezaran el proceso, hacer la cesárea, por ejemplo? O podríamos haber “discutido” la fecha. Una fecha más cercana a la f.p.p. para darle el máximo tiempo posible para su desarrollo. Una fecha consensuada entre el médico y los padres.

No me duele que me rajaran para sacarle. Hubiese aceptado todos los dolores del mundo por verle llegar. Me duelen otras cosas como pensar en lo mal que lo pasaría él. ¿Cómo se sentiría? Ya no sólo por invadir su espacio y sacarle de donde debería estar hasta que “la vida” decidiera su día para conocer este mundo salvaje, sino por el tiempo que pasó sólo, sin entender qué narices pasaba. Cuesta aceptar que lo pasara mal. Más cuesta perdonarme por haber dejado hacer, por no protestar, buscar opciones e información.

Tengo que pasar página y sentir que hice lo que pensé que era lo adecuado. Es algo que tengo aún pendiente.