M de miércoles – M de música

Seguramente no os suene el nombre del extravagante-excéntrico-raruno cantante Tiny Tim (su vida no tiene desperdicio y se dice que murió en el escenario), pero si escucháis esta canción -sobre todo los que sois papás/mamás- quizá os suene. Y es que esta canción forma parte de los dibujos animados de Bob Esponja 😉

Feliz mitad de semana y puente!!

Los 70´s

Nacer en los setenta era muy distinto a cómo se nace ahora. Os voy a contar los partos de mi madre y lo diferentes que fueron entre ellos. Veréis las diferencias con respecto a cómo son en la actualidad. Mi hermana mayor y una servidora somos de la década de los setenta y mi hermano pequeño ya es de los ochenta.
El primer parto de mi madre fue, poco más o menos, una carnicería, una absoluta violación obstétrica y un horror. Pongámonos en situación:

Sylvia

Mujer primípara, de 24 años recién cumplidos, de constitución muy delgada y con barriga inmensa de embarazo a término, inocente hasta la médula, que quedó embarazada prácticamente tras casarse –muy típico de la generación de mis padres, que hasta que no pasaban por el altar, no se iniciaban en ir más allá de besos y caricias, los más osados-.
Llega con mi padre, de 27 años, a urgencias del hospital de la capital (más de 30 minutos en carretera –de las de antes-). Había roto la bolsa y empezaba a tener contracciones. A ella la hacen pasar a una sala. La hacen subir a una camilla donde la exploran, no le dicen gran cosa y le dicen que espere. A mi padre no le dejaron pasar. Se quedó fuera esperando sin saber nada de nada. Nadie salía a informar. Pasan los minutos y las horas. El dolor de las contracciones va en aumento. Sigue sola. Oye voces por allí y por allá, pero nadie se dirige a ella. Pregunta tímidamente a una enfermera que pasa por allí y le explica algo que no acaba de entender. Otro tacto doloroso. Le da un camisón para que se cambie y que espere. El dolor sigue subiendo. Oye alaridos de dolor de otras mujeres en otras salas. Tiene miedo. Está sola. Mi padre fuera esperando y esperando.

Así llegamos a la mañana siguiente, cuando mi madre, muerta de dolor, se pone a llorar a lágrima viva pidiendo ayuda. Entonces sí, parece que ya la van a atender. Claro, resulta que está lista para el paritorio, con dilatación completa. La llevan, sola, con miedo y adolorida. El parto tuvo de todo: episiotomía bestial no informada –de lo que se enteró tiempo después-, desgarro considerable, hematoma perineal enorme, fórceps, kristeller, maltrato verbal (“no grites”, “no llores”, “no te quejes”…) y dio a luz a mi hermana de poco más de 4 kilos y medio. En los primeros días sintió hasta rechazo por ella. Ni hablamos ya de dar el pecho: dolor, nada de apoyo y al final biberón. La estancia en el hospital la recuerda de pesadilla. Después de aquello se prometía que nunca más tendría hijos. Diría que pasó por una depresión postparto sin saberlo.

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Y entonces, os preguntaréis ¿cómo llegamos a este mundo mi hermano y una servidora? Pues porque resulta que en aquellos tiempos, si tenías dinero, podías irte a un hospital privado y tener lo que llamaban “un parto sin dolor”. Es decir, en el parto anestesiaban totalmente a la madre, sacaban al bebé y cuando la madre despertaba todo había pasado “sin dolor” (no se enteraban de nada del expulsivo).

Así nacimos nosotros: con mi madre anestesiada por completo. Con mi hermano comenzó el proceso de parto cuando rompió la bolsa en casa. Conmigo ingresó porque manchó estando ya más que cumplida (tenía prevista la inducció del parto –que me iban a sacar ya porque estaba “caducada” jjjj – para el día siguiente).
Así que ella ingresaba en el hospital, la dejaban que fuese dilatando y después la dormían y sacaban los niños como a churros. Ni me imagino la que le liarían para sacarme de allí dentro. Yo venía de nalgas, así que imaginad el tute que se llevaría mi madre en la barriga hasta que me dieron la vuelta y me sacaron con ventosa. A mi hermano, que sí estaba bien colocado, también le sacaron con ventosa. Lógicamente, estando mi madre dormida, eso de los pujos como que no era viable.

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Una vez que sacaban la placenta, iban despertando a la madre y la llevaban a la sala de recuperación de la anestesia y el bebé al nido. Triste. Muy triste.

No creo que esta sea una manera muy sana/adecuada/normal de tener un hijo, pero entiendo los motivos que tuvo mi madre para hacerlo así. Además, de mi nacimiento, le quedaron restos de placenta (por lo que imaginad qué desastre anunciado de lactancia) y acabó con un legrado de “regalo” días después. Con mi hermano también acabó la cosa con biberón (eso de separar a la madre y al recién nacido durante horas no ayuda en absoluto).

Después del parto, recuerda como una anécdota, que el ginecólogo le hizo vendarse fuerte la barriga, para poder lucir prontito figurín. Un despropósito. Aunque mi madre estuvo contenta con los resultados. Cuánto desconocimiento. Ufff… me dan escalofríos.
Los partos de mi madre me parecen de entre terror y ciencia ficción. No sé cómo tuvo tres hijos, la verdad. La única conclusión a la que llego es que es una mujer fuerte y mucho, que además no tuvo la opción de tener información “válida” (tuvo la que le daban en aquel entonces).

Me alegra que hoy en día, aunque sigue habiendo partos terriblemente tristes, la cosa ha mejorado muy notablemente. Ahora, por lo menos, tenemos información útil a la que acceder fácilmente. Tenemos derecho a decidir –en la medida de lo posible- y a exigir respeto.

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Me entristece tener que reconocer que en mi parto (el nacimiento de mi hijo, quiero decir) sí hubo violencia obstétrica y cierto tufillo/tufazo de maltrato verbal/emocional. Ojalá estas cosas dejasen de pasar. Ojalá que todas las mujeres que están embarazadas sepan lo que deben y pueden conseguir/consentir/exigir. Cada vez que leo/veo una historia donde la mamá es realmente consciente del funcionamiento del proceso de parto (no sólo a nivel fisiológico) y que lo vive plenamente, siento una mezcla de envidia (sana) y felicidad.

Ojalá todos los niños llegaran al mundo de una manera bella y fuesen recibidos por sus padres inmediatamente.

Ojalá.

Jueves de cine

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Ahora que se acerca la navidad, se me ha ocurrido que, en lo que queda de mes, voy a ir poniendo pelis de cuando era pequeña que me hicieron pasar un buen rato. Para empezar, una peli mítica de mi adolescencia que me trae recuerdos chulos: Eduardo Manostijera

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Después de esta película terminé de enamorarme total y definitivamente de Johnny Depp (y de las pelis de Tim Burton, of course). Pero estas son otras historias jjj
Siempre me gustará verla una y otra vez 🙂

Esta entrada forma parte del carrusel bloguero propuesto por Mama y maestra en tierra de nadie

Reglas de los jueves de cine o #JDC.

1.- He creado esta iniciativa para dar a conocer películas y así fomentar el mundo del cine.

2.- La única finalidad es conocernos, y dar a conocer nuestros gustos y sobre todo divertirnos y pasarlo bien.

3.- Os pido que no se pongan peliculas de contenido racista, discriminatorio u obsceno, para no dañar la sensibilidad de nadie.

4.- Si queréis podéis ayudar ponernos una imagen de la portada o carátula de la película.

5.- Os intentaré poner los codigos de InLink para crear un cuadro con todos los participantes cada semana, recordar que soy novata en esto, espero haberlo hecho bien, y sino para la semana que viene se hara mejor, prometido.

6.- Os agradecería que para el cuadro de códigos pongáis el enlace directo al post del jueves de cine, no a vuestro blog.