Parto

Llegados al quirófano me senté en la camilla donde me abrirían cual huevo Kinder. La matrona me puso un manguito para la tensión que me apretó tanto que se me puso el brazo morado y se me durmió. Le dije que tenía el brazo muerto y me dijo, así de buen rollo y entre risas, que se había pasado un pelín. Empezamos bien. Vino el anestesista. Se presentó. Es del único que me acuerdo y el único que me trató con tacto en el parto. Majo él. Para que veáis lo importante que es el trato a una persona: de la matrona no recuerdo ni su nombre ni cómo era físicamente. A este hombre me lo cruzo por la calle y podría reconocerlo. Recuerdo hasta su nombre.

Sentada y apoyada en la matrona, con la cabeza agachada, el anestesista me iba avisando de lo que iba a hacer. Noté que me tocaba entre las vértebras y después un pinchazo molesto, pero no doloroso. Creo, porque no lo sé ciertamente, que no me puso catéter. No me pusieron epidural. Fue anestesia raquídea. El efecto fue inmediato. Me ayudaron a tumbarme (porque estaba llena de cables: la vía, unos sensores de esos que van con pegatinas que me pusieron por el pecho para el latido, imagino…). Diría que en menos de un minuto no sentía absolutamente nada de cintura para abajo. Una sensación muy desagradable. Me taparon el campo de visión con una sábana verde. Me pusieron los brazos abiertos y atados en los reposabrazos. Me sondaron y no noté nada. Lo sé porque me lo iban diciendo.

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Entonces llegó el ginecólogo. Junto a mí estaba el anestesista que me pidió que si notaba cualquier cosa rara que le dijera. Me avisó que podría notar que me movían “por dentro”, pero nada de dolor. No escuchaba bien lo que hablaban al otro lado de la sábana. Allí estaban el ginecólogo, la matrona y enfermeras (no recuerdo cuántas). Se oía ruido (sería del bisturí eléctrico) y que hablaban entre ellos bajito. Me entró muchísimo frío. Cuando entré al quirófano serían las siete menos algo. A las siete y cinco minutos nacieron a mi hijo. No se oía llanto. Creo que me dijo el anestesista algo así como “ya está aquí”. Pero no escuchaba nada. No me decían nada. Pasado un buen rato se escuchó un llanto a lo lejos. Pregunté si era él y me dijo que sí. Entonces me emocioné y me puse a llorar. Acto seguido, se asomó el ginecólogo y me dijo. “¡No llores!” (en plan “¿eres tonta, niñata?”). Me quedé un poco a cuadros. No esperaba que me hablara así. El anestesista me dijo que me estaban empezando a coser y que el niño estaba allí al lado, que estaba bien, que era muy grande (lo típico para que no te agobies). Pasado un buen rato y viendo que no me lo traían, volví a preguntar por el niño. Entonces me dijeron que le estaba costando adaptarse, pero que estaba bien, y que se lo llevaban al nido. Tonta de mí creí que me lo asomarían para verle antes.

Me empezó a entrar mucho más frío y me temblaba el cuerpo. No podía controlarlo. Me castañeteaban los dientes. Algo me pondrían en el suero y se me fue pasando. También me puso una mascarilla con oxígeno (imagino). Hasta que terminó de coserme pasó como media hora larga. Recuerdo que miraba un reloj que había en la pared y no pasaba el tiempo. 7.21… 7.23… 7.27… Horroroso. Seguía esperando a que me trajeran al niño. Pero ese momento no llegó.

A eso de las ocho menos veinte, por fin, terminó de cerrar la herida. 18 grapas y yo vacía.

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