Preparados, listos, ¡ya!

Teníamos fecha y hora para ingresar. Todo lo teníamos organizado. El factor sorpresa se había eliminado. El día anterior fui al hospital a hacerme un electrocardiograma, a rellenar un cuestionario para el anestesista y a responder algunas preguntas a un médico. Pedí por teléfono la autorización para la intervención. Me la mandaron por e-mail en el acto. Imprimí el chorro de folios donde se especificaba todo y a la carpeta de los papeles. Todo listo.

El bolso para el hospital lo tenía más que hecho y pensado. Muchas cosas llevaba para lo poco que pude usar. Creo que suele ocurrir. Al ser hospital privado, tenías que llevar la ropa del niño y tu pijama. Allí te podían proporcionar pijamas y ropa para el bebé, pero preferí llevarlos de casa. Otras cosas que llevaba eran unos discos de lactancia (que tenía de una canastilla que conseguí), neceser con cosas de higiene (gel, champú, cepillo de dientes, peine…), arrullos/mantitas para el pichón, un par de muselinas, bragas desechables, compresas de maternidad, zapatillas… Lo típico.

Al llegar fuimos al mostrador de admisión donde me pusieron una pulserita (como la de los festivales pero sin glamour). Nos dieron una habitación que estaba justo al lado del nido de recién nacidos. La habitación era para nosotros solos. Tenía mi cama y un sofá cama. En el armario teníamos sábanas y almohadas para vestir el sofá por la noche para que se quedaran papá o la abuela. Vino la matrona (de la que ya os hablé). Era una chica joven, quizá hasta más que yo, con un buen rollo que ya cansaba. Me puso las correas para monitorizar las contracciones. Era la primera vez que me las ponían. En el monitor se veían reflejadas de vez en cuando algunas contracciones. Yo no notaba absolutamente nada. Todo estaba en orden.

Le di el plan de parto: el triste papel con cinco puntos. Le faltó reirse en nuestra cara.

monitor

Después vinieron unas enfermeras o auxiliares y me pusieron una vía. Otra me ayudó a ponerme unas medias de compresión que molestaban muchísimo. Para guinda del pastel se dispuso a rasurarme. Le pregunté que para qué si me iban a hacer una cesárea. Me dijo que tenía que hacerlo sí o sí. Por más borde que me puse y le dije que no estaba de acuerdo, me dijo que era eso lo que había. Como estaba sola con ella y apabullada me callé. Debí haber hecho llamar a la matrona. Pero, volvemos a lo mismo: estaba nerviosa, no tuve tiempo de reacción y al final accedí. Sólo le deseé durante mucho tiempo a aquella pava que le picara mil veces más el potorro de lo que me picó/dolió/molestó a mí cuando el pelo empezó a crecer de nuevo.

Cuando ingresé, a eso del medio día, iba en ayunas por tratarse de una cirugía mayor. Nada de comer ni de beber. Nos avisaron de que en cuanto se quedara el quirófano vacío, entraría yo. Supuestamente sería a las 5 de la tarde. Para esa hora ya habían llegado los cuatro abuelos. Agobiante. Si por mí hubiese sido, hubiese preferido que no viniese nadie. Pero entiendo que no se puede ser tan “revenida”. A las 6.30 de la tarde vino un celador a por mí. Estaba algo nerviosa. Más ansiosa de ganas de pasar por aquello que nerviosa. Y con mucha hambre/sed en el cuerpo. Me despedí de todos y allá que me llevó al “matadero”. El chico me preguntó por el nombre que le pondríamos y le gustó (a ver, no me iba a decir lo contrario en esas circunstancias, jeje).

Llegué a una sala donde estaba la matrona, enfermeras y el ginecólogo. Me sorprendió verlo como “sudado”, “despeluchado”, con la bata/pijama y el gorro de colorines. Acostumbrada a verle arreglado y formal en consulta, se me hizo raro. Llevaba ya unas cuantas cesáreas en el día. La mía era la última.

Antes de entrar a quirófano volvieron a mirar si estaba aún del revés. Primero la matrona me tocó la tripa y dijo que seguías igual. Acto seguido me hicieron una ecografía rápida para confirmarlo. Me trajeron unos papeles (del consentimiento de la anestesia) que, siendo sincera, no leí (como para ponerte a leer en esas condiciones). Los firmé y hala, todos al quirófano.

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