Del revés

Llegamos a la semana 32 y el pichón seguía en posición podálica. No se había movido nada. Ahí seguía, “bocarriba”, pies y manos delante de la cara. Dobladísimo. Con lo incómodo que estaría, digo yo, y ni se inmutaba. El ginecólogo nos avisó de que estando ya de tantas semanas y teniendo en cuenta la posición del retoño, lo más probable era que me tuvieran que programar una cesárea. Teniendo los pies prácticamente delante de su cara, le iba a resultar complicado impulsarse para darse la vuelta.

Podalica

Le pregunté sobre la versión cefálica externa (VCE). Por si no lo sabéis, consiste en intentar mover al bebé para que se gire mediante un masaje en la barriga. Es, dicen, doloroso (te ponen un relajante/calmante por vía intravenosa) y peligroso en el sentido de que puede desencadenar contracciones y hacer que empiece el proceso de parto. Por eso se hace a partir de la semana 37, cuando se considera que el embarazo está a término. Con esta maniobra no siempre se consigue girar al bebé y, aunque se consiga, en ocasiones, vuelven a girarse poco después para volver a su posición anterior. La VCE no es garantía de que sea eficaz al 100%. El ginecólogo me dijo que, teniendo la placenta anterior (que no previa), no me la iba a hacer. Mi placenta estaba por delante, para entendernos, entre la barriga y el bebé (la previa es cuando está situada abajo).

anterior_posterior

En este vídeo se ve tan fácil…

Aún y con todo este panorama me dijo que no era imposible que girase, que si lo hacía me iba a enterar de los movimientos que haría tan significativos.

Como dato curioso os comento que cuando mi madre estaba embarazada de mí, también yo estaba de nalgas. Llegó el día del parto, rompió aguas, y estando con anestesia general (antes estaba de “moda” parir así por lo privado) le hicieron la VCE y me sacaron con ventosa ya colocada para salir de cabeza. No sé si nacer de nalgas tiene componente genético, jiji.

Llegamos a la semana 38 y tocaba revisión. Yo no había notado nada. Hacía mis ejercicios para intentar que el pichón se voltease: andar a cuatro patas, sentarme al revés (tumbada y con las piernas hacia arriba), poner calor por abajo y frío por arriba de la barriga, poner los auriculares con música por la parte baja de la tripota, hacer ciertas posturas de yoga… Y no noté nada básicamente porque no había cambiado nada. También está la moxibustión. Pero de eso me enteré cuando ya era tarde para intentarlo.

Ahí seguía él tan pancho: bocarriba, brazos y piernas delante de la cara. Estarías de lujo, hijo mío porque ni te inmutaste. Tras la ecografía de rigor nos sentamos a hablar con el ginecólogo. Resultado de aquello: programar cesárea. Intentar un parto vaginal siendo primeriza me dijo que ni hablar (allí no se atienden partos de nalgas). Miró en su agenda y dijo tal día a tal hora. Me quedé fría, a ver, esa fecha era la semana siguiente… Pero no, me corrigió y me dijo: no, es pasado mañana.

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Clases de preparación al parto o cómo perder el tiempo

Menuda pesadez este tema. Vas con ilusión pensando que vas a aprender, a conocer cómo es el proceso de ser madre, el de parir, el postparto… Y no. Os diré sólo lo que asocio con las clases a las que fuimos: “suelo pélvico” y “sopor infinito”.

Empecé estando, creo recordar, de unas 29/30 semanas o así. Eran ocho clases. 4 con una matrona y otras 4 con una fisioterapeuta. Dos horas, un día en semana. En total 16 horas de “absurdidez”. Nosotros siempre fuimos juntos (papá y yo). Todos iban en pareja. Las clases eran cíclicas y cuando tú empiezas no tiene por qué coincidir con la primera. Si querías, una vez terminadas, podías volver a asistir a la que te interesase. Ni de broma volvíamos.

La primera clase fue un poco “shock”. Las demás parejas, que llevaban más tiempo, iban todos preparados con un muñeco para hacer prácticas. A nosotros nos endosaron un muñeco de trapo bastante destartalado. Se supone que en dos horas te enseñan y dan pautas para saber cómo cuidar a un recién nacido. Ja! Qué risa! En fin… y esa clase fue la “mejor”. El resto de días venga a insistir con el suelo pélvico, que si los ejercicios de kegel (esos que haces un día y se te olvida volver a hacerlos), que si la musculatura, que si toma esta pelvis (tenían una, de esas de esqueleto anatómico de laboratorio de colegio), que si mira cómo se mueve este hueso, que si el masaje perineal (ese que está comprobado que su eficacia es cero patatero)… Ostras, qué pesadez. Lo más divertido era cuando ponían un vídeo de parto (vaginal, desde luego) y podías desconectar un poco.

suelopelvico

Lo peor de todo fue que yo tenía todas las papeletas para ir de cabeza a una cesárea y todo aquello no me servía de nada. No se hablaba del tema cesáreas. Todo estaba enfocado al parto vaginal. Me parece estupendo, pero, a veces, las cosas no son como queremos, ni salen como nos gustaría. Imaginad el día que nos hablaron de los pujos. Sacaron “voluntaria” a una pobre chica embarazadísima para que se pusiera allí a soplar en una colchoneta. Me llega a elegir a mí y le digo que ni de broma me pongo allí a hacer el paripé.

Para resolver dudas teníamos que esperar al final de la clase y abordar a la matrona/fisio con nuestra retahíla de preguntas. Una decía una cosa, después la otra te decía otra. Para rematar, el ginecólogo también te decía otra y, más tarde, el/los pediatras cada uno con sus cosas. Muy tranquilizador.

No sé cómo serán el resto de clases en otros sitios. Pero a día de hoy, si lo llego a saber, no vamos. Me compro un libro del tema y me entero de más cosas, seguro.

Síntomas

Al principio me las prometía muy felices porque no tenía ni un simple malestar. Pero pasadas las primeras semanas llegaron las fatiguitas malas. Empezaban de buena mañana y así podían estar acompañándome todo el santo día. Te dicen que una vez que llegues al segundo trimestre te sientes mejor que nunca, que se van todos los males. Mmm… no en mi caso. Las náuseas siguieron hasta los seis meses aproximadamente. Muchas veces acababan con un apoteósico vómito. Alguna vez dejé el regalito en la calle. Cuando desaparecieron las náuseas llegó el ardor de estómago. Una sensación de pesadez y fuego en la traquea terrible cada vez que comía. Así hasta el parto.

Respecto a las migrañas, sí soy un ser migrañoso y es un asco, decir que tuve una en todo el embarazo. Normalmente tenía como una cada mes o dos meses. Mi madre, que también tiene migrañas -gracias por ese regalito hereditario-, siempre me contaba que en sus embarazos no pasó ni una. Pues a mi me tocó una. Fue al principio, sobre la semana 10. Tuve que ir a urgencias porque no paraba de vomitar. El dolor era como siempre, tipo “baboso” que no se va nunca. Además de lo típico (no soportar sonidos, luces, olores…). Me pusieron una inyección de primperan y no sé si fue enantyum por vía intravenosa. También una mascarilla con ozono. Estuve como hora y pico allí medio tumbada en un butacón hasta que me empecé a sentir mejor y para casa.

Desde que soy madre no he vuelto a tener una crisis de las gordas. Dos años ya. Im-presionante. Dolores de cabeza sí y bastantes, pero soportables. No sé si tendrá que ver con que sigo dando pecho, por el tema hormonal… Pero que siga así por mucho tiempo (dedos cruzados).

Te recomiendan que hagas ejercicio moderado (tipo natación, caminar ligero…). Opté por pasear a diario un buen rato. El propósito era fácil de cumplir si no tenemos en cuenta que al minuto de ir caminando se me dormía una pierna (la izquierda). Era una sensación muy desagradable. Necesitaba sentarme para recuperar la sensibilidad. Una persona de la tercera edad tenía más agilidad que yo. Según me explicó el ginecólogo debía tener algún nervio pillado por el peso del bebé. A saber… El caso es que allá iba yo, renqueante y quejosa, con una bolsa de plástico en el bolso por si tenía que vomitar (que no era plan de volver a soltarlo en plena calle). Eso era estando de pie. Estando tumbada más de lo mismo: pierna dormida en cero coma. Conforme la barriga iba creciendo, más rápido se me dormía y más me tenía que mover para encontrar una postura cómoda. No olvidéis que una embarazada va al baño cada dos por tres. Es lo que tiene tener la vejiga apretada. Las noches eran un no parar: que si me meo, que si se me duerme la pierna, que si el niño tiene hipo, que si vaya patadón me ha pegado… Lo de dormir 8 horas seguidas era una utopía.

El tema de los dientes/encías fue perfecto. Ni un sangrado, ni una caries, todo perfecto. Fui a una revisión en el primer trimestre. Me hizo una limpieza y una fluorización dental. Ahí nada que mencionar. Menos mal.

Tenemos a las famosas contracciones de Braxton Hicks. En una ocasión, estando de 32 semanas me entraron como dolores de regla que duraron uno o dos minutos. Desaparecían y en menos de diez minutos volvían. Así estuve una media hora larga y cagada de miedo. No era un dolor de morirse, pero era molesto. Asusta… Una vez pasado este episodio, no volví a notar nada de contracciones o dolores “rarunos”.

La genética me hizo el favor de no regalarme ni una sola estría en todo el cuerpo. Con la cantidad de peso descomunal que cogí y no quedó ni una marca. En la celulitis, como ya la tenía de serie, no noté nada en particular. Se quedó como estaba. Incluso, por estar más “apretada”, hasta me veía menos, jiji (ilusa).

El tema del peso merece una mención aparte. Una mención vergonzosa. Me consolaba que en el peso de casa, marcaba un par de kilos menos. Total, dos arriba, dos abajo, no marcaban mucha diferencia. Empecé con 59 kilos y acabé con 81 gloriosos kilos. 22 kilos en total, madre del amor hermoso, cuando me aconsejaron que no cogiera más de 10 ó 12 kilos. No es que descontrolara mucho las comidas, creo yo. Me llenaba más por los ojos porque después no me cabía ni la mitad de lo que tenía el plato. Va a ser que los helados sí tienen mucha grasa. Ya contaré cómo y cuánto tiempo me costó recuperarme de esto. En el parto perdí 8 kilos, ahí es nada. Pero eso es otra historia.

Creciendo dentro

Al ir por seguro privado, cada mes teníamos revisión y una ecografía con la que nos íbamos quitando miedos de encima. Todo iba bien. La eco de la semana 12 fue emocionante. Nos dieron el valor del pliegue nucal, resultados de analíticas… Y estaba perfecto. Valor normal y analíticas correctas. También me hicieron el test de O´Sullivan en la semana 11 y salió bien. Lo importante era saber que todo estaba en orden. En esa eco nos dijeron que era un niño. Se veía claro como el agua. Nos lo enseñaron en pantalla. Después, entre las ecos impresas que te dan, estaban las pruebas más que evidentes de que era un niño. Tampoco nos lo aseguraron al 100% pero nos dijo que era muy, muy, muy evidente. En la siguiente (16 semanas) nos lo confirmaron: niño. Para entonces ya teníamos el nombre decidido. Un nombre hermoso y que, a pesar de las caras raras cuando lo anunciamos, cada día me gusta más.

12Sem
12 semanas – 6,35 cm

La primera vez que sentí que te movías fue un poco “raro”. Era como un cosquilleo, o unos gases, algo raro. No estaba segura de si eras tú. Cuando esas sensaciones se fueron repitiendo a diario y cada vez más fuertes, lo tuve claro: eras tú sin la menor duda. Tardé en notarte. Fue sobre la semana 20 y poquito más. Como era tan sutil, tan leve… Cuando fuiste creciendo ya eras más que evidente. Me clavabas un pie (¿o sería una mano?) a traición en las costillas, bajo el pecho izquierdo.  Mención a parte es tu hipo. Te daba hipo casi a diario y por las noches. Cómo saltabas, pichón. Papá alucinaba con tus movimientos. Así te podías pasar cinco minutos tan ricamante: dando castigo a las costillas de mamá.

16sem
Semana 16 – 14,7 cm – 158 gramos aprox.

Cada vez que tocaba visita me ponía de los nervios. Iba pensando en qué podría pasar. No quería que nada se estropeara. Hasta que no veía en la pantalla a mi pichín saltarín y me decía el ginecólogo que todo iba bien, no me relajaba. Hasta la semana 37, que se considera que el embarazo está a término, no estuve “tranquila”. En esa semana anuncié en FB que estaba embarazada, jeje. Aún había gente que no lo sabía. Las revisiones iban yendo bien. Hicimos la eco 4d con mucha ilusión por verle. Evidentemente, para nosotros era precioso. Aunque fuese un adefesio, me hubiese parecido la cosa más hermosa del universo. Tuvimos que repetirla porque en el primer intento se tapaba la cara constantemente. Tenía los pies y las manos por delante de la cara. También pasaba el cordón por delante. Aún así miró sus medidas y se vio que estaba perfecto. Salvo un detalle sin importancia: estaba en posición “bocarriba”, como sentado y con los pies por la cara. Pero como aún estábamos de 28 semanas, había margen para que se diera la vuelta. Al repetir la eco una semana más tarde pudimos ver su cara. Sólo unos minutos que disfrutamos muchísimo. La anécdota era que seguía sin cambiar la postura. Pero aún había tiempo.

20Sem
Semana 20 – 23,5 cm – 343 gramos aprox.

mantra

Coge un barco, oye el mar,
lo que siento suena igual.
Ya no mancho, ya no más,
esto es algo, esto es paz.
Voy a crecer en ti,
voy a crecer en mí.
Voy a crecer en ti,
voy a crecer en mí.
Aloha dai
Voy a crecer en ti,
voy a crecer en mí.
Voy a crecer en ti,
voy a crecer en mí.
Aloha dai

Encontrándote

Así fue cómo, por fin, tras la odisea pasada, llegabas a nuestras vidas. El saber que estabas ahí fue una sorpresa inmensa porque no te esperaba “tan repentinamente”. Esta vez fuimos cautos. Sopesamos si contarlo o no. Decidimos que se lo diríamos sólo a nuestros padres y hermanos desde el principio. Si algo salía mal de nuevo, ellos nos apoyarían y de todas formas se acabarían enterando. Cuando lo conté en casa de los abuelos, acabamos llorando todos como magdalenas. Fue muy emotivo dar la noticia. Coincidió con que faltaban 3 días para mi cumpleaños. Les dije que a ver si adivinaban lo que me había regalado papá. Como no acertaban les di una pista: “lo llevo puesto”. No vieron anillos, ni pendientes, ni nada de ropa o zapatos especiales ni nuevos. Tenían cara de póker. Me llevé las manos al vientre y dije que estabas allí dentro. Fue bonito. Me llovieron lagrimitas, abrazos y felicitaciones.

Al resto de familiares esperamos hasta pasar la ecografía de la semana 12, ya bien pasadas las fiestas de navidad y año nuevo. A los amigos tardamos aún más. A mi mejor amiga (a partir de ahora la llamaré tía Em) se lo dije pasadas las 20 semanas, con barrigota asomando.

Tomamos la decisión de llevar todo el proceso de embarazo y parto con el seguro privado. Sólo de pensar que hasta la semana 12 no hacen ecografías en la s.s. me daba pánico. Si algo iba mal, quería saberlo cuanto antes. La primera visita fue casi enseguida, con cinco semanas. Me hicieron una eco y, evidentemente, sólo se veía el saco gestacional pues era aún pronto para ver poco más. Hasta la semana 9, que volvimos, no supimos si estaba todo en orden.

Y vaya si lo estaba! Fue la primera vez que te vi. Cuando empezó la ecografía y se conectó la pantalla a mi lado, se me iba a salir el corazón de lo nerviosa que estaba. Quería ver lo que pasaba ahí dentro YA. Entonces apareciste, como un pegotillo minúsculo, cabezón, con tus bracitos y mini-piernas, moviéndote. Tu corazón parpadeaba y sonaba como el galope de un caballo acelerado. Entonces se me desató el alma y me puse a llorar, a soltar tensión, a sentir que me salía energía contenida por todos los poros, a sentir un inmenso alivio. ¡Por fin! Eras tú, conmigo, allí latiendo, conmigo… La enfermera me daba la mano y me acariciaba el hombro. El ginecólogo, para quitar tensión, creo que hacía chistes tontos –ni me acuerdo-. Papá no pudo venir, pero estaba la abuela que también te vio. Salí de allí flotando pero aún con mis temores. Quería que te quedaras conmigo y que estuviera todo bien.

9Sem
9 semanas – 2,70 cm.

Volver a empezar

Aquello era un “venga, que no ha sido nada”, “en nada y menos te quedas otra vez”. Como si tal cosa. Como si no tuviera que pasar mi duelo. Fue jodido. Me sentí (muy) sola e incomprendida. Tampoco quería hablar del tema. Pasé por todas las etapas: negación, ira, tristeza, aceptación y muchas migrañas. Por lo menos podía tomar medicación “fuerte”. Ya se sabe que estando embarazada o en plena búsqueda no se pueden tomar fármacos (salvo paracetamol y cuatro cosillas más). Mi cuerpo volvió a sus ciclos con relativa normalidad. Al tercero, y sin muchas esperanzas ni fe, empezamos la nueva búsqueda. Mientras, los meses iban pasando sin novedades. La familia dejó de “presionar” (como mi madre que preguntaba cada mes si ya lo habíamos conseguido o qué pasaba… uffff). El tema se iba olvidando.

Como suele ocurrir en estos casos, no veía más que embarazadas a mi alrededor. Cómo me repateaba. Cada vez que me enteraba de alguien que estaba esperando un hijo, era como si me dieran mil patadas en el estómago. Una compañera y amiga de papá se quedó embarazada poco después que yo, pero ella seguía con su tripota feliz. Mi vecina paseaba con su enorme barriga de embarazada feliz. Yo pensaba que cuando tuviese a su bebé y la escuchase llorar, no podría soportarlo. Me volvería loca. Casualmente, la hermana de mi mejor amiga se quedó embarazada “sin querer” (cosa que no me explico, porque si no quieres tener hijos, no los tienes y punto). Cuando me lo contó quise llorar, gritar, lanzar todo lo que estuviera a mi alcance… Pero respiré, y me sentí fatal por sentir aquello. Debía alegrarme por ella. No podía ser tan miserable, tan egoísta, tan idiota. Fue un punto de inflexión. La mente me hizo un “click” totalmente.

Había pasado un año desde que me había quedado embarazada la primera vez y no conseguíamos nada. Bueno, “conseguí” pasar por una hidrosadenitis bastante dolorosa, y hasta un grano ahí mismo que dolía como suput…madre. Fui a una revisión con el ginecólogo. Todo estaba perfecto. No había nada que indicase problemas. Me dijo que me olvidara por unos meses, que me diese un descanso (físico y mental) y volviese a la carga pasado un tiempo.

Así que dejé las ganas y las esperanzas a un lado. Dejé de mirar compulsivamente las fechas, el flujo… Curiosamente, en el siguiente ciclo tuve un retraso. Era sólo de un día. Un día nada más pero quise hacerme un test de nuevo, en casa. Esta vez la pantalla marcaba un hermoso y radiante “embarazada 3+” (semanas).

test

Mala suerte

Cuando pierdes un embarazo te sientes “defectuosa”, o que “algo habrás hecho” para que salga mal, o que “te lo tienes merecido”, o mil millones de cosas. La gente, con la mejor de sus intenciones, te suelta tópicos (tipo “mujer legrada, mujer preñada”), te cuentas batallitas de fulanita que pasó por lo mismo… Y es lo peor que pueden hacer. No tenía ganas de ver a nadie. Ni que me vieran. Ni que me hablaran. Ni hablar. A papá le pedí que le dijera a los amigos que no sacaran el tema. Tampoco es que tuviésemos una gran vida social pero coincidió con fechas navideñas y mis ganas de ver a gente eran menos mil. Tienes que aguantarte. Creo que quien no haya pasado por esto no sabe cómo de horriblemente mal se siente una mujer en estas circunstancias. Parece que como no hubo embrión, no hubo embarazo. Pero sí lo hubo: fueron 11 semanas y 3 días de embarazo que mi cuerpo sintió y que yo viví con toda la emoción del mundo. No supieron entender cómo me sentía. Nadie. A día de hoy aún me duele hablar de esto. Sacarlo así, aquí, es un poco terapia.

El ginecólogo nos explicó que hay más casos de pérdidas de embarazo de lo que se cree, que lo normal cuando hay una pérdida es que ocurra en el primer trimestre, que es bastante común en primerizas, que la “naturaleza es sabia” y lo que se acaba es porque no va a salir bien, que lo nuestro fue mala suerte, que no había causas por las que se pudiera saber por qué a nosotros, que no era por algo que hubiésemos hecho mal, que no era indicativo de enfermedades, infertilidad ni cosas “raras”, que yo estaba bien y que con el tiempo podríamos volver a empezar. Qué fácil es decirlo y qué difícil es pasar por ese trago. Nunca había oído hablar de un embarazo anembrionario. El que no haya embrión es porque hay algo que falla en la información genética del óvulo o del espermatozoide, por lo que nunca se llega a formar el embrión. Sólo aparece el saco gestacional vacío. Por raro que parezca, pasa más de lo que pensamos. Las probabilidades están ahí y nos tocó.

Un final

Ante algo tan increíble no dudamos en dar la noticia. Primero a la familia. Lo recuerdo como si fuese ayer. En casa fue una fiesta. Eso sí, esperamos un poco para hacerlo oficial. Sobre la semana 8 ya lo dijimos a amigos y más familiares. Ya había visto a la matrona en el centro de salud. Me había hecho la primera analítica para el triple screening. Me habían hecho mi cartilla de embarazo que llevaba en el bolso como si fuese un tesoro. Todo iba bien. Tenía náuseas durante todo el santo día y algún vómito que con Cariban estaba más o menos controlado. Decidimos llevar el embarazo por la seguridad social. Por el privado nos hubiese salido por un riñón. Yo estaba feliz y me notaba mi tripilla apretada. Tan contenta. Tenía mi cita para la eco de la semana 12, que es la primera que te hacen en la s.s., justo la semana entre mi cumpleaños y el de papá. Iba a ser el regalo perfecto.

Pero eso día no llegó. Justo pasado mi cumpleaños, una mañana, al ir al baño y limpiarme vi que había manchado de oscuro. Era muy poco, pero me preocupé. Esperé a ir otra vez al baño y seguía manchando. Mi hermana también manchó al poco de estar embarazada. Le mandaron reposo absoluto sin más y todo fue bien. Pensé que podría pasar algo parecido. Un poco angustiada pedí cita de urgencia con el ginecólogo privado que me daba más seguridad. Esa misma tarde estaba en la consulta con papá. Pasamos juntos y me hicieron una eco. Se veía todo en una pantalla frente a nosotros. La cara del ginecólogo era de preocupación. Movía para un lado, movía para otro y no cambiaba el gesto. Finalmente nos dijo que el embarazo no iba bien. No había embrión. Sólo se veía el saco gestacional con su cubierta trofoblástica (lo que sería la placenta en el futuro), pero estaba vacío. Vacíos nos quedamos allí mismo. Nos dejó un rato solos. Sentí como si me hubieran empujado por un balcón al vacío. No me lo podía creer. Estaba totalmente bloqueada. ¿Qué era aquello? ¿Cómo que no había embrión? ¿Eso cómo es posible? Hasta que empecé a llorar y no paré. No pude parar más que a ratos. El ginecólogo me hizo un volante para que me fuese a urgencias a que me hicieran un legrado donde recomendaba sedación completa. También me recetó Tranxilium para que pudiera dormir aquella noche. No, no pude dormir.

Por la mañana, papá se fue al trabajo y yo al hospital con los abuelos y una migraña de regalo. Lloraba y lloraba. Recuerdo estar en la sala de espera y verlo todo “llorado”, como cuando vas en coche que está lloviendo y se llenan los cristales de agua. El trato en ginecología fue frío. Era como si yo fuese una exagerada, una loca llorona… No sé. Me miró el ginecólogo de turno para confirmar el diagnóstico. No quería que me hiciesen un legrado, pedí otras opciones (pastillas vaginales), pero me dijeron que no. Sin más. No. Una enfermera me dio un camisón y una bolsa de plástico para que metiese mi ropa. Me cambié en el minúsculo baño de la consulta. La enfermera me llevó en una silla de ruedas a otra habitación grande. No podía levantar la cabeza para mirar al frente. No podía mirar a las otras mujeres que allí estaban sin que se me escurrieran los lagrimones. Estaba en un rincón, esperando no sé qué. Me pusieron una vía y a pesar de que pedí que dejaran entrar a la abuela, me dijeron que no, que ya me iban a dar una habitación. Seguramente estuve poco rato allí pero se me hizo e-ter-no. En la habitación que me dieron había una chica embarazada (de una FIV) con mucha retención de líquidos. Vaya panorama… Lo siento ahora por ella porque debí amargarle a base de bien. Entré por la mañana a la habitación y esperando a que se quedara vacío el quirófano, se hizo de noche. Antes me dieron unas pastillas de prostaglandinas para provocar contracciones y preparar el cuello del útero. Empecé a notar dolores soportables. Papá ya había llegado. No recuerdo bien, pero serían casi las 8/9 de la noche cuando entré a quirófano. Primera vez en mi vida que pisé uno. La experiencia fue aterradora. El anestesista habló conmigo y le supliqué que me durmieran entera, que no podría soportar aquello. Menos mal que así fue. A pesar de eso, se me vienen a la mente imágenes y conversaciones que me ponen los pelos de punta. Después a la sala de recuperación. Estaba ida total. Drogada y flotando. Tardé bastante en volver a mi ser, y volver a llorar. De vuelta a la habitación papá se despidió de mí y se marchó a casa. El abuelo también se fue a casa y la abuela se quedó para acompañarme toda la noche. Hasta la madrugada no me dejaron beber ni una gota de agua, por el tema de la anestesia. De comer ni hablamos. Llevaba sin beber ni comer desde la tarde que fuimos al ginecólogo (un día y medio). La noche la pasé con dolores, llorando, hablando con la abuela, que se quedó conmigo, a ratitos. Dormir, dormimos poco.

A la mañana siguiente, después de que pasara el ginecólogo a verme, me dieron el alta. Salí del hospital andando “raro” y con la sensación de como a quien se abre y se le saca un tumor del cuerpo. Como a quien se le saca “lo podrido” de dentro. Me sentía hueca e inútil. De aquellos días queda un resquemor aún. Nunca olvidaré ciertas fechas en mi vida. Una de ellas, la que debió haber sido especial y no lo fue, aquella f.p.p.

El comienzo

Parece mentira que haga tanto, tantísimo tiempo, desde que empezamos a pensar en ti. El comienzo de los comienzos fue cuando fantaseábamos, medio en broma, medio en serio, con cómo sería ser padres. Nuestra relación de muuuchos años, el que papá consiguiera aprobar las oposiciones, el que yo me quedara sin trabajo y en modo “ama de casa”, la tranquilidad-estabilidad que teníamos… Todo eso y otras cosas hicieron que nos lanzáramos a buscarte.

Eso fue allá en los comienzos de 2011. Como bien organizada que es tu madre, me fui a pasar revisiones al oculista, dentista, ginecólogo y médico de cabecera. Todo estaba bien. Esperamos unos meses antes de empezar a buscar “en serio”. Mientras, yo tomaba el archiconocido ácido fólico. Nos avisaron, tanto el ginecólogo como el médico de cabecera, que aquello no era llegar y besar el santo, que tuviéramos paciencia, que con tranquilidad, que no nos agobiáramos. Así que pensábamos que la cosa costaría lo suyo, pero que el proceso de intentarlo sería, cuanto menos, entretenido.

Cuál fue la sorpresa que, tras unas vacaciones estupendas, y en un primer intento serio (con eso me refiero a mirar fechas, flujo, controlar días fértiles) tuve un retraso. No podía ser. Era como “¿en serio?”. Compramos un test de embarazo de esos con pantalla que te dicen el tiempo de embarazo, en caso de ser positivo. Aquella noche me costó dormir. Aún no era de día cuando me levanté a hacer el test. Y “voilà”! allí ponía que estaba embarazada de dos/tres semanas. Alucinante.

Estábamos alucinando. No es que hubiese sido fácil conseguirlo, es que fue mejor.